Ayer fue uno de esos días en que la nueva clase política gobernante pareció ponerse de acuerdo para aportar en generosas dosis, motivos para el desencanto.

 

El último de los mohicanos, Porfirio Muñoz Ledo pudo constatar en la tribuna de la cámara de diputados, que cuando la perra es brava hasta a los decanos coarta su derecho a la palabra.

 

Con una posición crítica respecto al accionar de la Guardia Nacional en el sureste mexicano, donde a madrazo limpio trataron de impedir el paso de la caravana migrante compuesta principalmente por hondureños que huyen de la miseria y la violencia en su país, al diputado federal le fue negado el uso de la voz.

 

No se lo impidió la presidenta de la Cámara (no sólo ella), sino una mayoría de legisladores morenistas que están allí para contener cualquier atisbo de crítica al presidente de la República y a sus políticas, incluso si viene de alguno de los suyos.

 

La infalibilidad del presidente no está a discusión. Nadie es perfecto, sólo Dios y Andrés Manuel, que nunca se equivocan. La sumisión como dogma es un valladar frente al embate de los conservadores, pero si hay que aplicarla a su propia gente, así se trate de una de las mentes más brillantes, igual hay que taclearlo como si fuera un migrante en fuga.

 

Los hechos, durante la comparecencia de Rosario Piedra Ibarra, la presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, que volvió a dar fe de sus limitaciones, sus prioridades, su infinita capacidad para evadir preguntas cuyas respuestas evidentemente desconoce. ¿Periodistas asesinados en México? Ni siquiera sabe cuántos van. ¿Represión a migrantes? No le interesa.

 

Una vez hechos con el poder, es hora de arriar todas las banderas y quedarse sólo con un discurso lleno de ambigüedades. Los migrantes fueron tontos útiles en campaña y un motivo para la festividad callejera a ritmo de salsa y mariachi mientras se trataba de documentar al Estado represor y lacayo frente al imperio, durante el gobierno de Peña Nieto.

 

Pero ya no. Ahora son groseros invasores que pretenden entrar sin permiso y se merecen esos madrazos y si se puede, más.

 

Como los zapatistas a quienes muchos de los que hoy gobiernan les formaron un cerco civil para su entrada triunfal a la Ciudad de México, pero ahora no son sino unos activistas del salinismo, conservadores y reaccionarios.

 

La congruencia no se da en mata por estos días. El coordinador de los diputados federales de Morena, Mario Delgado fue captado en el hospital ABC, uno de los más caros del país y obligado a revelar que acudió a hacerse un chequeo médico que le costó 16 mil pesos (como quitarle un pelo al proverbial gato), porque ni siquiera sabía que en el Issste se realizan esos estudios.

 

Nada de qué asustarse. El diputado gana lo suficiente para pagar eso y más, evitando el martirio de tener que acudir a las instituciones de salud pública. Pero el "timing" no fue el mejor. Lo hizo justo el día en que cientos de padres de niños con cáncer bloqueaban el aeropuerto internacional de la capital, en protesta por la falta de medicamentos para sus hijos.

 

Justo en estos días en que el Insabi muestra los estragos de la improvisación y mantiene con el alma en un hilo a millones de mexicanos que desconocen bien a bien, cómo operará ese nuevo esquema de atención a la salud, el señor aparece atendiéndose en una clínica para burgueses.

 

Nada raro en esa izquierda que con inusual frecuencia nos brinda estampas para documentar el desencanto. Yeidkol ponderando las ventajas del comunismo mientras le saca filo a su American Express dorada pagando artículos de súper lujo en tiendas de marcas que ya quisiera La Gaviota para un domingo. O Noroña tuiteando arengas anticapitalistas desde el corazón del imperio tan cautivante.

 

O la secretaria de Gobernación, que como coordinadora del gabinete desempeña una trascendental labor de florero, pero hoy es la principal promotora de una exigencia para que el INE le proporcione todos los datos biométricos de los empadronados a la lista nominal, con el fin de integrar la cédula de identidad única.

 

Este documento era hasta hace poco, otro de los fetiches que aterrorizaban a la izquierda, pues constituía un mecanismo de control a partir de información personalizada, muy propia de los Estados totalitarios.

 

Pero como ya no tenemos un Estado totalitario, sino uno de bienestar y bondad, la izquierda afloja y aplaude.

 

"No somos un partido de Estado", alcanzó a musitar Porfirio Muñoz Ledo cuando le aplicaron la "censurinha", mientras no pocos diputados sonreían malévolamente pensando "sí somos, culero, y vete acostumbrando".

 

Lo peor del desencanto, cuando llega, es la ausencia de opciones que no sean las del pasado, a las que la gente despidió en las urnas.

 

Por eso la responsabilidad histórica de la nueva clase gobernante es la de hacer que esto funcione, pero lamentablemente no hay mucho material para documentar el optimismo.

 

¿Usted qué opina?

 

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