Uno de los signos más cuestionables en democracia es el autoritarismo presidencial.

En los años 60 y 70 del siglo pasado, la vieja izquierda mexicana y luego la derecha del PAN, criticaron los preocupantes signos autoritarios de los presidentes Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo.

Eran gobiernos autoritarios, represores y vengativos; gobiernos que no toleraban la crítica, no respetaban la división de poderes y mantenían al pueblo "en un puño", ya que no aceptaban los contrapesos y menos la división de poderes.

Y precisamente para combatir a esos gobiernos despóticos, hace más de medio siglo las llamadas izquierdas y la derecha del PAN pelearon con uñas y dientes para hacer realidad la alternancia en el poder, la división de poderes y el sufragio efectivo.

Lo preocupante, sin embargo, es que cuando se hizo realidad la división de poderes, la alternancia en el poder y el sufragio efectivo –entre muchos otros signos de una naciente democracia mexicana–, a una importante porción de la sociedad ya no le gusto esa democracia y, mediante engaños, votaron por el regreso de la antidemocracia, por la vuelta al autoritarismo y a favor de un déspota en el gobierno federal.

En efecto, la victoria electoral de Obrador y sus desplantes autócratas en los primeros cinco meses confirman dos realidades vergonzosas; a muchos mexicanos enamorados del autoritarismo y la antidemocracia que, al mismo tiempo, gustan de ser engañados por un profesional del engaño, como AMLO.

Pero el clímax del autoritarismo y el despotismo de Obrador –tara que en los dos casos convierte al presidente en un autócrata peor que Díaz Ordaz–, son públicos cuando grita en la plaza pública o en las mañaneras el brillante eslogan de "me canso ganso".

Sí, el "me canso ganso" no es un chiste, un recurso retórico y tampoco una joya del refranero popular. Se trata de una potente expresión del autoritarismo más ramplón que –curiosamente–, no sólo retrata al mayor autócrata mexicano –el presidente–, sino que ofende a los contrapesos y a la democracia toda.

Y es que cuando el presidente grita "¡me canso ganso!", al tiempo que blande la diestra repetidamente de arriba hacia abajo, el mensaje que manda es el de un tirano, un dictador y/o un rey, al que no le importan los contrapesos y menos los contrarios; tirano que impone su voluntad con todo el peso del poder del Estado.

Y, claro, el mensaje también lleva implícito un grosero colofón. Es decir, el presidente grita "¡Me canso ganso…" y deja implícito el típico: "y háganle como quieran!".

Frente a eso obliga preguntar.

¿Esas son expresiones propias de un demócrata; de un político tolerante e incluyente, que escucha; capaz de reconocer en los otros una pizca de razón?

La respuesta es un rotundo "no". López Obrador no es un demócrata, tampoco un político tolerante y menos un mexicano formado en la cultura política de la llamada izquierda mexicana.

El de Obrador, en realidad, es el talante autoritario de un déspota, un dictador o un autócrata. Y es que en el diccionario de Obrador no aparecen –y no existen–, las palabras democracia, tolerancia, transparencia, honestidad y menos crítica.


Y la crítica es precisamente la mayor deuda del gobierno lopista. Y es que para Obrador los críticos son sus peores adversarios y la crítica es su peor enemigo.

Por eso, en los primeros seis meses de gobierno ha lanzado feroces ataques cibernéticos contra algunos de sus principales críticos: el más reciente de ellos Víctor Trujillo, el periodista y comediante motejado como Brozo, que si bien fue un lopista claro en los tiempos de campaña, hoy se ha convertido en crítico severo. Es decir, abrió los ojos.

Antes han sido estigmatizados en redes el historiador Enrique Krauze, y los periodistas Pablo Hiriart, Denise Dresser, Jorge Ramos y el autor de ésta columna, entre otros.

Al final de cuentas queda claro que la regresión autoritaria que vivimos es una de las mayores amenazas en la historia mexicana; una amenaza autoimpuesta por una sociedad que se niega a los básicos democráticos. ¿O no?

Al tiempo.



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