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domingo 24 de junio del 2018
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Cenital

Rogelio Aguayo Aguilar

El nomadismo es uno de los comportamientos más arcaicos de los seres humanos. Desde que inician su marcha se ven obligados a moverse para comer y sobrevivir. Pascal escribió: todos los males del hombre derivan de su imposibilidad de quedarse tranquilo en un cuarto cerrado, de la zozobra que le produce quedarse en un solo lugar. Varios resabios de ese primer nomadismo acompañan al hombre contemporáneo: uno de ellos es la costumbre da calmar a los niños pequeños paseándolos.

 

Preguntas surgen ante este fenómeno. Por qué salimos, hacia dónde vamos, Regresaremos? Son muchas las razones voluntarias o involuntarias para cambiar de identidad. Lo cierto es que abandonar el entorno, lo conocido, las redes de relaciones donde se nació, nunca es simple. Migrar es siempre romper con raíces. La renuncia a cambio de alguna esperanza: la de sobrevivir, la de una mejoría de las condiciones materiales.

 

Se sale porque no hay de otra: por la carencia de recursos, de servicios, empleo y tragedias personales. En algunos casos, muy pocos, las razones son menos trágicas. Siempre es por falta de oportunidades en la localidad originaria, las cuales sí ofrece o promete el polo de atracción al cual se dirige el que se va.

 

Más allá de las ideologías políticas, las paridades monetarias imperan, atraen y se imponen. En el exilio o el nuevo sitio de residencia se vuelve la vista atrás y se reconsidera el arraigo. Regresar a la tierra de origen. La añoranza mira hacia el lugar a donde se emigró.

Por eso un migrante jamás será el mismo una vez abandonado su terruño. Regrese o no a él.

Los hijos pródigos no lo son tanto. En cuanto al terruño dejan de añorarlo y todo lo que encuentran será impugnado. La ostentación y la distancia vuelven a hacerlos ajenos a su propio entorno. El aquí vuelve a ser el mismo laberinto impenetrable y sin opciones que cuando ellos se fueron. Las mismas calles, la misma gente, las mismas carencias. Aunque ahora se mire a través de lentes oscuros, de vidrios polarizados de auto, balcones o terrazas.

A pesar de todo, las diferencias no se funden ni se mezclan. El migrante ni se desarraiga ni retorna. Pasar la línea es eso: pasarla. No borrarla. No se puede. Las fronteras interiores son infranqueables. La conciencia y la añoranza de lo propio en tierra ajena y la reproducción de lo ajeno en tierra propia nos hace vivir, a todos, un exilio permanente.

 


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