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martes 17 de julio del 2018
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Las elecciones 2018,  y el regreso a los orígenes

Fernando Nuñez de la Garza Evia


Las elecciones presidenciales de 2018 son distintas, porque el humor del país es distinto. Los comicios del año 2000 se definieron por sacar al PRI de Los Pinos y la alternancia política, las de 2006 por el debate derecha-izquierda en sus figuras más representativas, las de 2012 por una segunda oportunidad al PRI y la normalidad democrática. Pero las de 2018 serán definidas por el hartazgo y el nacionalismo, el ensimismamiento de los mexicanos con la mexicanidad, una especie de regreso al origen.

 

Durante el S. XIX la mirada mexicana estaba esencialmente enfocada al interior del país, tratando de construir un Estado y teniendo contacto con el extranjero en la forma del rechazo a las invasiones extranjeras. Los posteriores años de paz porfirista trajeron consigo una necesaria apertura en una variedad de formas, incluyendo la famosa "occidentalización" de las élites mexicanas. El gran problema de Porfirio Díaz fue no haber creado un partido político para darle continuidad al gobierno (se lo advirtieron Justo Sierra y José Ives Limantour), y haber sido incapaz de combatir la corrupción, la pobreza, la desigualdad. La Revolución estalló, trayendo consigo un ensimismamiento mexicano, un regreso a la intimidad mexicana, aunque fuese sumamente violento. Mucha sangre, pero nuestra.

 

La pacificación del país y la instauración del régimen autoritario trajo consigo una nueva época de progreso material. Sin embargo, la oxidación del modelo del nacionalismo revolucionario, reflejado en las crisis de los setentas y ochentas, trajeron nuevamente la idea de apertura, aunque mal planeada, sin Estado: el neoliberalismo. Su espíritu lo podemos resumir en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari y una frase que recientemente utilizó una importante revista de circulación nacional: el "sexenio que llegaríamos al primer mundo". Al igual que con Porfirio Díaz, los esfuerzos para abatir la corrupción, la pobreza y la desigualdad fueron insuficientes o, de plano, nulos. Ya no hubo una Revolución, pero si un pequeño levantamiento armado con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), así como la alternancia en el poder en el año 2000.

 

Desde principios de la década de los noventas y hasta hoy en día, no ha habido avances en el combate a la pobreza, la desigualdad ha aumentado, y la corrupción es terriblemente ofensiva; y por si no fuera poco, desde el exterior tenemos los insultos y las amenazas de Trump. Si en el pasado la apertura mal planeada, aunada al enamoramiento malinchista de las élites mexicanas con el extranjero y a los mínimos avances sociales trajeron un ensimismamiento de México, puede ser que nuevamente estemos ante ese escenario, porque la mesa está muy puesta. Y al que mejor le queda la silla para sentarse es a Andrés Manuel López Obrador. A los mexicanos del 2018 les importa un bledo si Ricardo Anaya habla inglés y francés, o si está enamorado de la tecnología; si Meade fue arropado por el periódico británico The Financial Times, o si el diario The Economist no apoya a AMLO. La gente quiere que le hablen en español, sobre la pobreza y la desigualdad, sobre el combate a aquéllos que se han acaparado del país, y por qué no, todo con sanas dosis de nacionalismo. El atractivo de Andrés Manuel López Obrador no son sus propuestas, sino el hartazgo bien expresado y la parte del "nacionalismo" del nacionalismo revolucionario.

 

El ensimismamiento que ha tenido el país anteriormente han representado etapas de reflexión y corrección; todos lo necesitamos de vez en cuando (individuos y países). El problema está en quién lo dirige. Mientras tanto, Luiz Inácio Lula da Silva, un presidente sumamente popular, está en la cárcel por corrupción; Carlos Salinas de Gortari cumplió 70 años, es sumamente impopular, y una considerable parte de las élites mexicanas le rindieron sutil pleitesía.

 

 

www.plaza-civica.com     @FernandoNGE

 


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